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El “mundo verde” y la hiperinflación amenazan la producción de alimentos | Artículo


El afamado ideólogo de origen británico, Bertrand Russell (1872-1970), fue un apologista de la teoría maltusiana, que aboga por una reducción drástica de la población mundial, bajo el supuesto de que el número de habitantes existente rebasa la “capacidad de carga del planeta”. Con esta creencia, Russell veía en los jinetes de la apocalipsis, la guerra, el hambre y las epidemias, no propiamente maldiciones, sino aliados naturales en la, para él, imprescindible tarea de reducir la población mundial. El galardonado filósofo inglés, es meticuloso en la revisión de la efectividad despoblacionista de los jinetes apocalípticos, e infiere que el hambre y las epidemias han mostrado mayor eficiencia que la guerra.

Aboga por una guerra bacteriológica, que pudiera inducir una “peste negra cada generación”, una especie de reducción del hato poblacional, “para que los sobrevivientes (a las pestes) pudieran volver a procrear sin sobrepoblar al mundo”. Las oscuras recomendaciones de Russell, están contenidas en uno de sus textos escrito en 1951, bajo el título de “El impacto de la ciencia en la sociedad”. En la pretensión del control del pensamiento colectivo no existen los “excéntricos solitarios”. Russell, como aristócrata inglés, le prestó servicios a la agenda colonialista del imperio británico, que siempre se propuso mantener colonias con mucha disponibilidad de recursos y poca población.

Las políticas maltusianas son inherentemente imperialistas. Una elaboración ideológica para que las poblaciones acepten por cuenta propia la renuncia al crecimiento económico, a la ciencia y a la tecnología, que hacen posible el crecimiento de la población y su sostenibilidad. En este falso axioma se soporta la masificada ideología verde, que también sostiene que la causa de todos los males del planeta se desprenden de la excesiva carga poblacional.

Bajo esta visión, un planeta “sobrepoblado”, reclama el uso de intensos flujos de energía y procesos tecnológicos, industriales y agrícolas, que generan emisiones de gases causantes del cambio climático. La conclusión no es menos atroz que la elaborada por Bertrand Russell: se imponen normas globales para que, con la falacia de reducir las emisiones de dióxido de carbono, proscribir la industrialización de las naciones pobres o subdesarrolladas, condenándolas al atraso y a la reducción de sus poblaciones por hambre y enfermedades. Los países africanos han padecido estas políticas. No tienen la fuerza para evitarlas, pero en cuanto tienen la oportunidad se quejan de ellas y se pronuncian por la necesidad de construir presas, infraestructura de comunicaciones, industria y la realización de prácticas agrícolas mecanizadas, con el uso intensivo de fertilizantes para producir los alimentos que eviten la creciente muerte por hambre en ese continente.

La reacción de los productores agrícolas europeos, principalmente alemanes y holandeses, es un grito mundial en contra de estas políticas que bajo el manto de proteger la ecología, se proponen reducciones drásticas en la producción de alimentos. En las últimas semanas se han registrado manifestaciones de productores que con maquinaria y tractores han tomado las carreteras en protesta en contra la rendición de sus gobiernos frente a estas políticas que desprecian la actividad agrícola. Las manifestaciones se vienen registrando en forma intermitente desde hace más de dos años, pero al momento se advierte una ola que podría crecer, porque el sector se encuentra afectado no solo por las disposiciones verdes, sino también por el impacto hiperinflacionario en los costos de producción y la importación indiscriminada de productos alimenticios de mercados externos.

Se les exige a los agricultores y ganaderos europeos, reducir sus emisiones de óxido de nitrógeno y amoniaco, en una cuota anualizada que tiene la meta de alcanzar un 50 por ciento en los próximos ocho años. Lo cual pone en peligro su actividad. Tan solo en Holanda, se estima que existen aproximadamente 54 mil empresas agrícolas y ganaderas que verían afectada su actividad con estas medidas y muchas irían a la quiebra.

Es previsible que los brotes de inconformidad de los agricultores europeos, tomen rostro propio en otros países donde los gobiernos se han rendido a las exigencias de la llamada economía verde. Más cuando el costo de los insumos para la producción de alimentos está registrando incrementos exponenciales, como es el caso de los fertilizantes. Sumado a los prolongados episodios de sequía que cubren algunas regiones del mundo, especialmente la zona del Gran Desierto Americano compartido por México y los Estados Unidos.

El licuado venenoso de estas políticas, que combina la hiperinflación mundial, las atroces exigencias verdes, la sequía que afecta en forma extensa a todo el hemisferio norte, junto a las irracionales sanciones impuestas a las exportaciones de granos de Rusia, empuja a muchas naciones a una crisis alimentaria. El más reciente informe anual de la FAO, reporta que el número de personas ya lastimadas por el hambre en todo el mundo aumentó hasta 828 millones en el 2021; y en la condición de inseguridad alimentaria se estiman más de 2 mil trescientos millones de personas. Un cuadro en donde el 30 por ciento de la población mundial está en las fronteras del hambre.

Además de las protestas, hay gobiernos en el mundo que no han sucumbido a estas políticas. Naciones como China, Rusia, la India, no han aceptado reducir su producción nacional de alimentos, en aras de supuestamente proteger el medio ambiente. Han decidido incrementar capacidades internas para proteger a su población y no verse expuestos a los chantajes de los grandes corporativos que manejan el mercado mundial de granos. China ha pasado a ser el principal productor de trigo en el mundo, seguido por la India y por Rusia.

Se distingue la política de precios en la exportación de granos realizada por Rusia, quien no utiliza los índices de precios para granos básicos, establecidos por la bolsa mercantil de Chicago y el mercado de futuros de Francia, realizando acuerdos de gobierno a gobierno, libres de la especulación de los mercados y sujetos a los costos reales de producción. Un testimonio de que las naciones pueden escapar a la desenfrenada especulación que se realiza con los alimentos.

Lo que más contamina al planeta, no son las actividades productivas, tampoco es el crecimiento de la población. Es el mal de la especulación financiera que se hace acompañar de la ideología ecologista malthusiana para perpetuar un fallido unipolarismo imperial. Además de necesario, es posible revertir el avance de los jinetes de la dominación que se hacen acompañar de la guerra, el hambre y las epidemias.

Ciudad Obregón, Sonora 20 de julio de 2022



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